MANUEL
DEL VALLE
Nací
en Villanubla (Valladolid) en 1943, un pueblo del páramo próximo
a la capital. Apenas unos árboles al borde del arroyo. Una inmensa
llanura de trigo y cebada donde la mirada se pierde sin objeto. Ese
mar de mies te lleva hacia ti mismo y a exaltar la imaginación,
buscando algo más. Siempre fue mi deleite observar los objetos,
las piedras, el agua, buscando algo inalcanzable en ellos.

En el curso de los años esa curiosidad absurda me ha llevado
a pensar en las cosas y en mi mismo con desasosiego, buscando en todo
ello trascendencia, significado.
Estudié en la Facultad de Ciencias Políticas un año,
y muchos años en la de Medicina, pero “mi reino no era
de ese mundo”. Mis inquietudes políticas, religiosas, sociales,
así como las circunstancias subjetivas y reales me han llevado
de acá para allá, en un intento de ser yo mismo y ser
útil en caminos equivocados, o no.
Recurrentemente, cada vez que he tenido problemas me he puesto a escribir,
dibujar, pintar, en un intento de evadirme; o tal vez, de todo lo contrario,
de ser yo mismo.
Tal vez por eso a los cincuenta y ocho años me haya puesto a
pintar. Y por primera vez (satisfechas mis necesidades económicas),
hago lo que me gusta y espero que así siga, hasta el fin de mis
días.
Mi pintura es y será reflejo externo de mi alma, que absorbe
y puja por manifestarse. Hay pues en ella sinceridad y necesidad de
fluir. Duque, un pintor abstracto,vallisoletano como yo, me dijo en
la ocasión de conocernos, que lo más importante en el
arte es ser honesto. Pienso, sin vanidad, que lo soy, para bien, seguro.
Por lo demás mi preparación (si importa) es ésta:
Hice como mis añorados compañeros del cole, dibujo artístico.
A los catorce años me ilusioné con la fotografía.
Mi padre nos llevó en el cuatro-cuatro a Gijón para que
viesemos el mar y, de camino, en Leon me compró una cámara
Capta de foto fija, de plástico, que me dio mucha vida.
Mi madre, que ha hecho cerámica, dibujo, tapices, pintura….
Ha dejado su impronta en sus tres hijos, en mi hija y en mi mismo.
A la vuelta de muchos años, allá por los ochenta, tomé
clases de dibujo, modelado y cerámica, en los centros culturales
de los Ayuntamientos de Majadahonda y sobre todo, en Las Rozas, donde
adquirí recientemente decisiva preparación con Sergio
Gay y Fermin Ramirez, grandes profesionales de la pintura, maestros
y amigos. El dibujo del natural (con Ramirez) me ha permitido incorporar
la figura humana a mi pintura.
Este trabajo, que rara vez puedo considerar como tal, me da vida. Tengo
dos vidas y cuatro ojos (y no lo digo por mis gafas), tengo los ojos
de la persona que vive y se afana en las cosas, y tengo los ojos que
miran dos veces cuánto me hace vibrar.
Puedo decir como resumen que mi obra soy yo; lo que he vivido, viajado,
visto, sentido, amado y sufrido. Hoy es mi segunda vida, mi gozo, mi
pasión.
Mi cariño y recuerdo a Gloria García García –Aintzane-,
que me sacó del barbecho y me hizo árbol. Me recordó
que en mi juventud era un poco filósofo y que pintaba, y me estimuló
a aprender con ella y su marido Pepe Miralles. En homenaje a ella, que
me ha llevado de la mano estos cinco últimos años (primero
con acuarela, después con óleo), quiero en fecha próxima
pintar algunos de sus tresmil poemas, llenos de vital pasión.
Mi estilo: Como decía, me gustó siempre la fotografía.
Me apoyo en ella como referencia de algo irrepetible. Recojo con la
cámara aquello que me impacta, lo enfoco a mi manera y cuando
a través del visor siento la emoción, disparo.
Algunas fotos van a parar a la pintura en una versión subjetiva.
Pinto figurativo sobre todo. Al principio era paisaje tan solo. Ahora:
figura humana. Me interesa el alma de las cosas, sobre todo la del hombre.
Ahora con el tema “Vudú” quiero iniciar una serie,
por decirlo de algún modo, antropológica; una visión
del hombre y sus esfuerzos por adaptarse y sobrevivir (en Grecia, Babilonia,
las cavernas) por medio de sus creencias y trabajos